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Víctor Manuel Gaviria (Medellín, Colombia 1955), lleva 26 años dedicado al cine. Sus películas así como su vida, están llenas de esa belleza que ofrece la cotidianeidad y que muy pocos creadores logran sacar a flote para mostrarla al colectivo. Rodrigo D no futuro (1990), y La vendedora de rosas (1998), ambas selección oficial para participar en Cannes, son sus dos películas más representativas, que hablan de seres que no cuentan con oportunidades favorables de una vida digna.
Su obra, no solo como cineasta sino como escritor y poeta, muestra una obsesión con la búsqueda de la verdad hasta el final, y de hurgar en la historia para saber realmente como ocurrió. El crítico uruguayo Jorge Ruffinelli, profesor de la Universidad de Stanford (EE.UU.), acaba de lanzar en España el libro “Víctor Gaviria: los márgenes, al centro”, una monografía sobre la obra del director. “Gaviria recuerda el neorrealismo italiano de los años 50, y hace de él uno de los cineastas más importantes de Latinoamérica y del mundo actual”, escribe Ruffinelli en la introducción del mismo.
En el recientemente celebrado Festival de Cine de la Habana en Nueva York, Gaviria presentó “Sumas y Restas”, su última película, que aún no se estrena comercialmente, pero que ya ha participado en los festivales de San Sebastián, Cartagena, Tolousa, Marsella y Guadalajara con gran acogida.
¿Cuál es la historia detrás de “Sumas y Restas”?
Es una película con mucha tensión, que hurga en un mundo social subterráneo y habla del Medellín de los años 80 cuando el narcotráfico empezaba a florecer. La historia está contada a través de personajes que se acostumbraron a la perdida del valor de la vida misma, al apego a lo material, y a la ética del dinero fácil.
Hice una película sobre el narcotráfico por que es una realidad que está todo el tiempo enfrentándolo a uno en América Latina. En Medellín tenemos miles de historia que vivimos en los años 80, mucha gente que estuvo adentro y que murió, y mucha gente que trato de salirse y no pudo.
Tomé la historia de un amigo que fue secuestrado por un socio de él, cuando era comisionista para los laboratorios de cocaína, y vi la posibilidad de contar la historia no solo del narcotráfico, sino como la ciudad colisionó con éste fenómeno. En Colombia la gente ignorante, ingenua, creyó que el narcotráfico era una posibilidad de país, de hacer revolución, de hacer riqueza y terminó en todo lo contrario.
En ésta película vuelve a trabajar con actores naturales como en las anteriores. ¿Esto es una constante o solo circunstancial?
La película fue rodada enteramente en Medellín, y esa es una ciudad con mucha potencialidad de la gente. Una ciudad donde el antioqueño tiene la cualidad de ser un buen actor de la vida diaria, extrovertido, chistoso. Siempre en todas la fiestas hay un antioqueño con cualidades histriónicas. Simplemente se ha dado la oportunidad de explotar ese talento natural en “Sumas y Restas”.
La llamada “realidad latinoamericana” tiene muchas semejanzas en todos los países del sur del Río Grande, ¿Crees que exista un cine latinoamericano, o cada país expresa su realidad de diferentes formas?
Siempre hay una discusión sobre si existe un cine de cada país, ya sea venezolano, peruano, argentino o colombiano. Lo que define el cine de un país es la vida cotidiana de ese país y la historia que está recogida en esa cotidianeidad. Todos los días la historia del país se revive, se pone en escena por que los habitantes viven su vida.
El cine nuestro tiene esa marca de la historia latinoamericana que cambia de país en país pero que tiene muchas cosas en común. Cuando uno ve una película latinoamericana siempre ve muchas contradicciones. Contradicciones entre el pasado y las tradiciones, entre la ciudad y el campo, entre la violencia de la insurrección. Creo que si existe una identidad que el cine latinoamericano va recogiendo película a película.
Hablando de la producción de cine latinoamericano, ¿qué opina de la nueva ley de cine colombiana?
Esta nueva ley está creando muchas expectativas, y a lo mejor son menos las realizaciones que las expectativas. Es una ley que la necesitan las nuevas generaciones. Colombia es un país que a nivel de cine existen unas generaciones que se han ido perpetuando, y los nuevos cineastas apenas están saliendo y la nueva ley de cine los va a terminar de sacar.
Significa que habrán recursos nacidos de los impuestos, para hacer cine. Que van a haber premios durante todo el año. Estímulos para guiones, películas, documentales, y cortos. Tiene una parte muy importante como es la excepción de impuestos para empresarios colombianos que inviertan en cine.
Las criticas a la ley vienen de una parte del periodismo colombiano que no comprende la obsesión que tenemos algunas personas por que exista el cine. Creemos que no se van a hacer cosas extraordinarias, sino que se van a tocar temas que el periodismo no puede tocar por que es peligroso, o por que los medios están muy comprometidos con cierta parte de la realidad del país.
Tal vez están muy susceptibles de que hagamos obras maestras o películas que vayan a festivales. No se por que no entienden que el cine necesita muchas películas para que empiece a crearse una industria, un lenguaje. Fuera de ese grupo que es muy susceptible a los cineastas, de resto todo el mundo quiere que exista el cine colombiano.
En los últimos años ha habido una diáspora colombiana bastante considerable, entre ellos muchos artistas jóvenes. ¿Cree usted que eso cambie el panorama del cine colombiano en un futuro?
La gente que ha salido del país ha tenido acceso a la tecnología y a la formación de cine en escuelas importantes de España o de Estados Unidos. Habrán películas que muestren la vida del inmigrante colombiano o latinoamericano, y van a tener acceso a ciertos mercados de distribución. Eso es lo que hay que destacar.
La distancia con el país es muy importante. Cuando uno está en Colombia, o en cualquier otro país suramericano, no logra entender la importancia de los temas que ocurren por que muchas veces uno no los puede ver en perspectiva, por las inhibiciones que tiene encima. Los que están afuera lo ven desde una perspectiva más real. Se dan cuenta que su país de origen no es el más malo del mundo, pero tampoco es el mejor del mundo. Eso va a dar un equilibrio muy grande a las historias nuevas de esta gente.
¿Entonces las historias contadas desde afuera tienen otro matiz humano?
En Colombia hemos perdido mucha perspectiva humana en el sentido que la historia del país nos ha vuelto muy monotemáticos. Nos hemos empobrecido mucho pensando en cual es la solución en los problemas del país, pensando en el problema de la violencia que es un forma de empobrecimiento muy grande. Hemos perdido mucha libertad para crear nuestro propio mundo personal, creativo.
Los que están afuera me dicen: nos hemos liberado de toda esa vida maniática y nos hemos interesado por la música, por la literatura. Nos hemos liberado un poco de la condena de ser colombiano en Colombia, ante todo somos humanos. A mi me gusta ese intento de universalización que nos proponen los inmigrantes.
¿Cuál será su próximo proyecto?
No estoy muy seguro todavía. Estoy enamorado de una novela del escritor antioqueño Tomás González que vive en Nueva York. Se llama “Primero estaba el mar”. Esa es la primera frase de la cosmología de los Arahuacos, los indios de la Sierra Nevada de Santa Marta. Es la historia de una pareja que va a montar una finca en las inhóspitas selvas del Darien. En ese proyecto trabajaría por primera vez con actores profesionales.
También estoy trabajando el guión sobre una anécdota que sucedió hace tres años en Colombia, cuando 147 soldados se encontraron 100 millones de dólares en una caleta de las FARC. Ese hecho, que es un milagro, produjo un escándalo y una corrupción enorme en ese batallón, y tiene un tinte extraordinario que quisiera narrar. El protagonista sería el soldado colombiano. El pueblo colombiano. Metido en esa máquina de guerra que es la violencia colombiana.
VICTOR GAVIRIA EL POETA
Apasionado por el cine, la física y las matemáticas, Víctor Gaviria es además un escritor de literatura y poesía con una amplia producción que empezó en el año 1976. Seis libros de poesía y tres de prosa, todos publicados, conforman la colección que públicamente se le conoce, pero según él mismo, existen varias docenas de poemas guardados.
“El peladito que no duró nada, El Tío Miguel, y El pulso del cartógrafo, son los libros de prosa que me han publicado”, expresa este escritor que no sabe si su poesía tiene algún valor, pero es la que él ha ido construyendo poco a poco en todos estos años.
“La poesía está en el cine, en la literatura, en el periodismo. Soy un escritor frustrado. Cuando hago una película considero que estoy escribiendo una novela a la que la realidad la enriquece”.
“Como poeta tengo el sueño de algún día escribir un gran poema. Me preparo para ello y quiero encontrar dentro de mi la vena poética. Pero no se si eso ocurrirá, probablemente no ocurra nunca”, agrega.
Gaviria sabe como encontrar la relación entre varios géneros como la poesía, el reportaje, la crónica, el documental y como enriquecer los unos de los otros. Es un autor ya sea en la imagen o en la escritura, que pasa con facilidad de lo general a lo particular, que busca la historia sin dejarse embelezar por la ficción como tal, “la posibilidad de saltar de la poesía individual a la realidad de la crónica, es algo que me parece realmente espectacular”, afirma antes de retirarse a su hotel en Manhattan.
El Poeta Vuelve a su Casa
No sé qué pensar de esto:
debía volver temprano a casa,
porque he tomado la costumbre de escribir por las mañanas,
pero todavía permanezco con ustedes,
el estómago haciendo saltar el último botón de la camisa.
El poeta no debe ser un héroe, lo sé.
A veces me emociono y digo,
con voz distinta y grave,
la palabra misterio, que hace brillar mis ojos
con un deseo resucitado.
El poeta no debe creer en demasiadas cosas,
lo sé...
Luego hablo de hombres purificados,
lanzados desde el puente a un río de aguas oscuras,
hombres que llevan un destino hasta la muerte.
El poeta no debe dar ejemplo, lo sé.
Es conveniente que apenas tenga vocecita.
Que toque la puerta de su madre y nadie abra,
que no haga habitable su apartamento para siempre,
que no tenga gatos ni perros,
que no haga fértil su jardín.
No sé qué pensar de esto.
Fotos: José Bayona. JB®
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